EL
ÚLTIMO VALDEZ Lo conocido nos revela, en primer lugar, un estudio sistemático del rostro y sus contornos más expresivos, mejor aún, de su propio rostro, cuando como muestra iniciática trabajó una numerosa serie de autorretratos en donde no sólo consigue un perfecto dominio tanto del trazo como del color con el cual lo enriquece, sino que agota triunfalmente un vigoroso dispendio imaginativo al explorar siempre bajo el signo de una interpretación personalísima, esquemas y posibilidades de escuelas ya eternizadas por la grandeza de sus exitosos aportes, en una perentoria urgencia de asimilar sus legados, algo muy propio de quien se impone un serio aprendizaje con inflexible rigor. Después,
y muchas veces simultáneamente, Valdez estudia la forma y el
contenido de lo que se nos antojan como paisajes, probando técnicas
que lo introdujeron por los senderos de un intenso abstraccionismo,
en donde según lo que se estima de inmediato, fue indispensable
el ejercicio de experimentos que al fin lo llevaron al encuentro de
tonalidades y texturas con las cuales plasmaría la riqueza que
la materia tiene en sí misma como energía, quizás
como alma, en cualquier sentido como vitalidad interior. Por eso encontraremos
reiteradas veces ese aliento del pálpito que se hace planteamiento,
por más plana y hasta minimalista que pretenda ser su peculiar
figuración. Un paisaje de Valdez no es un mero recuento armonioso
de accidentes ordenados según una determinada o aleatoria composición,
un paisaje es un rostro, la efigie elocuente de una entidad con vida
particular, dueña de una voluntad, de un carácter, de
una clara y enjundiosa complejidad. Al fin, explorados tales caminos, el cuerpo humano regresa en su preocupación como un obvio andamiaje estructural del hombre, pero un ente que necesita reconstruirse persiguiendo una singularidad que entregue balances y conclusiones particulares y hasta insólitas; retorna triunfal ahora envuelto en gamas de luces ingeniosas, contentivas de un acervo en el que quedan atrapadas significativas ideas, humores lábiles y dispersos, y por fin la trascendencia de un argumento que se arma de innumerables sentidos con el uso de una serie de íconos que se hacen las partes de un discurso a veces diáfano, otras insondable, siempre en el vórtice de una convincente inmensidad. Desconstruyendo el rasgo actual de lo alcanzado, confrontaremos el útil acopio de su rostro como al rostro, ya sea tratándose de un reinventado valor de primera mano en sí mismo o como un axioma simbólico del hombre en lo pluralmente humano, rodeado de las claves que le gravitan como entorno o que se convierten mágicamente en sus palabras, en las palabras, con la ironía deliciosa de un reencuentro con la más remota antigüedad, por decir, cuando los primeros pasos del arte universal apenas atinaban al rasgo desprovisto de una moderna profundidad, de nuestro sentido de la perspectiva, tal y como lo vemos en los muros de palacios y tumbas de culturas ancestrales que crecieron hasta convertirse en civilizaciones. El lagarto, atavismo estilizado por los taínos, raíz inextricable de un mundo perdido que nos legó el accidente abandonado de sus huellas; el laberinto, propuesta de ruta hacia una meta que siempre es la posibilidad de un yo mayúsculo o minúsculo; las formas abiertas de una herida que tantas veces es el sexo plácido de la mujer, y como tal, la cavidad entrañable del placer que es puerta y continuidad de la especie; la flor, ese otro sexo siempre pletórico de un reino extático y oferente, con su plástico significado de ensoñación que aclama; las aguas, unas veces en la lluvia de cielos que se derrumban, de ríos en los que mana la presencia líquida de los mundos, o simplemente el mar, término o confin, siempre horizonte que todo lo contiene y que por lo mismo y en consecuencia consiente que el tránsito nos lleve a las partes de una totalidad declarada o presentida. Y
así, con alguna que otra forma sugerida en hojas que son alas
aleves; corazones abiertos como templos que guardan el fuego y el pálpito,
la vida y el sentimiento, el candoroso barco de papel que jamás
es el vehículo terminado y contundente de los viajes sólidos,
sino el ensueño frágil de una Primera edad colocada casi en éxtasis sobre olas que sólo las ilusiones ven, que sólo las ilusiones tocan, que sólo las ilusiones alcanzan de quien sueña siempre con llegar hasta donde el rumor de la intención consiga extenderse. Y desde luego, hay más. Combinadas estas piedras miliares sobre la plataforma de un velo, como en un interminable tarot con una única y difusa respuesta, encontraremos el mapa, la presunción cartográfica, la exageración de un rostro que de tanto sumarse en sí mismo invoca el obvio perfil de lo nacional, la piel extendida de la patria, unas veces en su derrotero inmóvil de islas, otras veces superpuesta como ayuntamiento que declara combinaciones propias de un destino que las circunstancias quisieron extraño, por la violencia de emigraciones producidas por los cataclismos de una pobreza económica perenne, casi atávica en la historia y ahora en el presente, sin que perdamos ni en la insularidad ni en otras distancias lo cabal y apodíctico de nuestra nacionalidad. Una característica que engrandece hasta el cántico tales composiciones, es la inevitable felicidad que nos entrega el contundente y maduro estro del color. Valdez, dueño de un universo pletórico de dudas y certidumbres, de cuestionamientos y confirmaciones, jamás es trágico ni siquiera de cara a cualquier declaración abierta de dolor. En todas sus formulaciones reverbera un acento lúdico que ninguna sombra puede ni alcanza a oscurecer. Se desmorona en montañas que atrapan los sutiles fraseos de un enrevesado entesamiento de plenitudes exultantes donde cada término en sí es un camino hacia el sentido de lo que se proclama como fe sin ambages en sí mismo, encuentro con una meta risueña y preciosista, siempre entregada con la elegancia propiciatoria de quien se sabe tanto el maestro como el dueño absoluto de su indestructible verdad. Todo este deambular afortunado que espantaría a quien pudiese ver reunida su obra, construida en el vértigo sin pausas de tan escasos años, sólo proclama la perenne juventud de un éxito que a todos nos envuelve con los inefables destellos de lo que es extraordinariamente dominicano en el cuerpo del vuelo de una recia universalidad.
|
||||