LA OBRA DE JULIO VALDEZ
Un
acercamiento a la obra de Julio Valdez podría ser el de buscar
establecer sus relaciones con los grandes relatos de lo latinoamericano
en el siglo XX: una lectura en clave que revelará tal vez acuerdos
y disonancias, paralelismos y divergencias. El ejercicio se hace posible
al encontrarse el discurso plástico de Valdez inmerso, por una
parte, en lo caribeño-latinoamericano (como voluntad de arraigo
o coordenada espacial), y, por otra, en las redefiniciones estéticas
contemporáneas (coordenada temporal).
La
necesidad de nombrar las cosas, de estar constantemente en situación
de inventario, de ir juntando elementos para construir sentido, o al
menos una aproximación al sentido, se hace eco de la larga tradición
que busca cohesionar en un discurso propio una esencia de lo latinoamericano.
Pero esa búsqueda en Valdez no tiene ya esa aura fundacional
que tuvo, por ejemplo, en el Puertorriqueño Oller cuando, en
torno al precedente cambio de siglo, fijaba en la atemporalidad de las
definiciones inmutables la naturaleza de la isla. Valdez es más
humilde: agarra como retazos de realidad, sin más pretensión
que la de establecer, fugazmente, algunas conexiones que podrían
ir esbozando una identidad.
Dentro
de la tarea de nombrar está, en primer lugar y como el gran escenario,
la naturaleza. El gran relato, desde los cronistas de Indias hasta nuestros
modernos, es el de la naturaleza virgen, salvaje, de la tierra ignota,
de la desmesura. Pero Valdez parece decir ¿y si esta desmesura
fuera nuestra mesura?, pues todo en su pintura, el mar que todo lo redefine,
la tierra como lo finito del horizonte que acaba en el mar, las flores
y las briznas, la fauna verdadera o mítica; todo se torna más
íntimo, más cercano en la distancia afectiva del exiliado.
Ya no hay afán exaltado de abarcar la totalidad grandiosa, sino
deseo de apropiarse, para la memoria, de lo tan sólo alcanzable.
La
expresión formal de Julio Valdez no responde a un estilo definido
(¿existen todavía estilos definidos?), cuando sí
a su capacidad de crear un vocabulario propio dentro de la inmensa gama
de referencias, y de la libertad para usarlas, que caracterizan a nuestros
tiempos. Sin embargo, su arte responde, aunque de manera difusa y nada
convencional, a otro de nuestros grandes discursos: el barroco como
el lenguaje más genuino de nuestra latinoamericanidad, de acuerdo
a sus más brillantes exponentes, Carpentier y Lezama Lima. Y
si, en efecto, nuestra manera de vernos y expresarnos es profundamente
barroca - sincrética, espiritual, libérrima, mestiza -
Valdez es ejemplo de ello.Unido al discurso sobre la naturaleza barroca
de la cultura latinoamericana, se encuentra lo mítico-religioso.
Y lo mítico-religioso atraviesa como una veta de sentido toda
la obra de Valdez, pues en ella fusionan el hombre y la naturaleza,
la tierra y las creencias; signos ancestrales se incorporan al lenguaje
contemporáneo, a través de una apropiación de éste
para metamorfosearlo en la magia del Caribe.
A
partir de, entre otros síntomas, un trabajo de la riqueza plástica
y
complejidad conceptual del de Julio Valdez, es como se puede hoy dia
elaborar una nueva teoría de aproximación a lo latinoamericano:
la de la hibridez, que ofrece amasar lo popular y lo culto, lo vernacular
y lo otro, lo tradicional y lo contemporáneo. En este relato
no esta lejos el recuerdo de la raza cósmica soñada por
Vasconcelos, y a ella pertenecerá Julio Valdez. Sin embargo,
será en un tono diferente a ese programa constructivo y pionero
del voluntarismo moderno. Pues el de Valdez es un acento menor, tal
vez algo descreído, pero profundamente sincero.
Frederica
Palomero
Curadora independiente especializada en arte latinoamericano moderno y contemporáneo.