Julio Valdez: Cartographia del Cuerpo

Hojas lanzadas al viento, barquitos de papel, híbridos animales o vegetales todavía en gestación, misteriosos trazados arcanos, colores desvanecentes, contornos vacilantes y el eco de su sombre, son los signos de una poética de la precariedad, de lo inasible, de lo transitorio, como el fluir del agua o de la arena entre los dedos, poética de aquello que se dibuja y desdibuja, que surge y se esfuma, de aquell que se insinua y finalmente se queda en la obra de Julio Valdez.

El suyo es un tono menor, discreto, colmado de elipses, voces fantasmales, añoranzas y ensoñaciones, pero ese tono menor se concreta a través de recursos plásticos mayores, de una coherencia y contundencia sorprendentes en un artista tan joven. Su vocabulario plástico se ha ido edificando, se ha articulado en una gramática que no deja intersticios para giros de moda o expresiones importadas. La impronta personal, y más aún, íntima e introspectiva, es la que moldea cad trazo, cada matiz cromático, cada una de las relaciones generadas por esas formas fragmentadas e híbridas, entre lo abstracto y lo figurativo, entre lo sígnico y lo simbólico, entre el discurso contemporáneo y las formas primitivas.

Hay en las obras de Valdez una incertidumbre espacial, sin profundidad perspectiva pero sí con resonancias coloreadas, que las deja como en suspenso, agregándoles una temblorosa indefinición temporal: su universo no es del aquí y del ahora, es del anhelo y la nostalgia, o de un mundo todavía por nacer, que va juntando los elementos de su futuro existir. Sobre ellos, la nostalgia y el anhelo, el artista da algunos datos que adrede se quieren descosidos, azarosos, como al garete, en el filo de la memoria sentimental y no histórica (aun cuando esa memoria puede ser, también, colectiva), al ritmo de sueõs compartidos.

En cambio, el trazo dibujístico puede aparecer como firme, profundo, directo. Tiene la frescura y la espontaneidad de lo infantil y lo primitivo. Es rápido, como una escritura automática. Es trazo para la silueta del cuerpo, autorretrato que no se ciñe a parecidos anecdóticos, que se ensancha de lo personal a lo plural: huella del cuerpo ofecida como iconografía de la isla, asumiendo, más allá de lo propio, al otro, a los otros que también son lo propio: el uno multiplicado y encarnado en un destino del cual es parte y que lo sobrepasa. Cuerpo confundido con su territorio, cuyos bordes son los de su isla: hombre-isla, como él mismo se define. Del cuerpo, de la isla, brotan flores y espinas. Y en torno, vegetales, animales, formas de reminiscencias indigenas, fragmentos de cuerpos, otros cuerpos: un inventario en segmentos, siempre por completar. Y el trazo para siluetearlos, como al hombre-isla. Las formas evocan la flora, la fauna, la tradición plástica, la historia y las circunstancias actuales de la isla sin nunca llegar a la ilustración, pues son siempre sintéticas, alejada de la representación mimética y llevadas al signo, y son integradas a esos planos de colores algo indefinidos, también recortados en mosaicos, con pinceladas gestuales y vibraciones cromáticas heredadas del mejor arte abstracto informalista, y que hacen presentes la naturaleza: el mar ineludible, frontera de la isla, el aire y la tierra cálidos. Valdez junta fragmentos para reinventar en el arte su propia realidad, y para ello convoca la memoria y los sueños (también la memoria y los sueños del arte).

Algunas de estass formas son nás explícitas que otras. El barquito de papel puede ser una referencia a las yolas, esas frágiles embarcaciones improvisadas sobre las cuales algunos dominicanos arriesgan su vida en busca de un destino mejor, fuera de su isla. El barquito de papel alude también a la infancia, es como el reflejo de un recuerdo a punto de desaparecer, como pueden desaparecer las esperanzas de los yoleros.

Asimismo, los cuerpos horizontales superpuestos, que aparecen en algunas obras, evocan el trafico negrero de la época colonial, cuando los africanos enviados a América viajaban en condiciones infrahumans. Uno de los mayores crímenes del hombre contra el hombre queda denunciado de un modo que no por ser muy sintético es menos contundente e impactante. Pero Valdez a más allá de la denuncia humanitaria; ubica directamente estaignominia en la dolorosa historia de su isla, de su pueblo, al retomar en esos cuerpos yacentes la fisonomía de su propio cuerpo, el mapa de su territorio.

El Sagrado Corazón, la Mano Poderosa, la mano estigmatizada, el cuerpo con espinas como otra versión de San Sebastián, otorgan al arte de Valdez su dimensión religiosa a través de signos que son todos corporales. El afán de comunicar, de compartir, queda plasmado en numerosas referencias: alfabeto manual, ojos, bocas, oidos, caligrafías.

Otros elementos guardan para sí sus significados. Tal vez tengan que ver con esa relación, subrayada por Jung, entre el primitivismo de los pueblos y la infancia de los seres. Afirmaba Paul Klee que el uso del signo permite estar más cerca que de costumbre del corazón de la creación. Y hay en las obras de Julio Valdez algo generativo y fundador.

La apropiación del destino colectivo a partir de la experiencia personal, sellada en el cuerpo-mapa, plantea desde luego la identidad como tema nuclear de la obra de Valdez. Como otros artistas del Caribe entre los más relevantes, el dominicano no separa, sino que amalgama lo íntimo y el entorno, de lo particular a lo general y otra vez a lo particular. Como el cuerpo de Ana Mendieta impreso en la tierra, como el hombrecito autobiográfico de Luis Cruz Azaceta, como las prístinas siluetas de José Bedia, como el cuerpo calcado en la tela de Arnaldo Roche. Valdez por su parte, no sólo ofrece ( en un sentido místico ) la representación simbólica de su cuerpo como ámbito de identidad; sino que pinta directamente con las manos, involucrando su cuerpo directamente en el proceso creativo.

En esos artistas, todos oriundos de islas, el cuerpo, la mirada hacia dentro son punto de partida y anclaje de una identidad que sólo por ser personal logra ser también de un tiempo, de un lugar: de la contemporaneidad y del Caribe.

Frederica Palomero
Curadora independiente especializada en arte latinoamericano moderno y contemporáneo.