JULIO
VALDEZ CUESTIONA EL FIN DE SIGLO
Sucede
un fenómeno curioso. Mientras un artista está vivo y sobre
todo si es joven, se suele objetar que se aborden en la crítica
aspectos relacionados con la personalidad, requiriendo el analisis cuasi
exclusivo de la imagen. Se tolera apenas una aproximación sicológica
a través de la obra, como una concesión. Sin enbargo,
cuando un autor ha felliecido, observamos que, en los estudios, se toman
en cuenta vertientes biográficas, que aclaran la interpretación.
Ahora
bien, creemos que vale citar ciertos rasgos personales del artista en
plena producción, no solamente por razones de investigación,
sino para situarlo en un contexto existencial. Quien conoce a Julio
Valdez, aprecia su rectitud, su equilibrio, su madurez afectiva. Sabemos
que comparte sentimientos profundos entre su familia -siendo el pequeño
hijo el mejor símbolo de la creacíon- y su trabajo como
pintor, dibujante e instalador. Tampoco cabe que ese balance interior
se refleja e incide en la obra.
Por
cierto Julio Valdez está en el corazón de su obra, mediante
la reiterada presencia física del autorretrato. No podemos dejar
de evocar la pregunta de André Breton a Alberto Giacometti: "
Por qué cabezas? Todo el mundo sabe hacerlas", y el famoso
artista respondió: "Yo, yo quiero probar". Preguntaríamos
algo similar al pintor dominicano, sorprendidos de la frecuencia del
autorretrto, un recurso casi gastado. Y él podria respondernos
también… que quiere probar, que la autorrepresentacíon
tiene para él alcances desconocidos y que, más allá
de parecido y de cualquier narcisismo, el cuadro 0 espejo es una visión
del mundo.
El
interés de Julio Valdez se centra en la forma. Segun pinturas
y dibujos, él diseña rostro y busto, cuerpo vertical,
figura de frente y perfil, aún incluyendo piernas. Aunque cada
modalidad se expresa en cualquier momento, observamos la tendencia a
introducir una imágen anatómica cada vez más completa.
Al mismo tiempo, proceso contrario, una mano logra cargarse de significación
introspectiva total: la silueta otrora tan marcada va a sustituirse
por un signo distinto, o llega a diluirse en el entorno y desaparecer.
Seguimos percibiendo la fuerza de su intervención, a pesar de
que la silueta antromórfica durante años imprescindible,
se haya marchado en algunas obras.
El
autorretrato aquí difiere de una propuesta de semejanza con el
modelo. Obviamente Julio Valdez no trata de pintarse, motivado por una
fijación sobre el Yo y el Ego, como han hecho por ejemplo Pablo
Picasso y Francis Bacon. El no quiere que lo (re)conozcamos o identifiquemos
por una semblanza inequívoca. La lectura es mucho más
abierta y deja al espectador una libertad de participacíon conceptual.
Desde
el título, nos informan que se trata de un autorretrato. No obstante,
la carencia de facciones y la postura inmovil quitan a esas efigies
el carácter descriptivo e ineludiblemente personal. Las corporeidades
podrían referirse a otros personajes, dotados de las mismas proporciones.
Por ello, hemos mencionado la forma, opaca, transparente, iluminada,
estampada, perforada. La repetición se evita.
De
hecho, la figura, colocada en el medio y por consiguiente dominando
la superficie, pasa de la representación individual a un grado
metafórico, a una dimensión de alegoría. Vemos,
en un sentido metafísico, al hombre como centro y, a partir de
él, explorames el campo visual y existencial que le rodea y,
en cierta medida, determina su destino. Julio Valdez propone una evaluación
dela condición humana, en al tiempo y en el espacio.
La
clave nos es entregada por el pintor al mencionar el "Fin de Siglo"
/ Fin de una Era, "Tocando Fondo" / Inmerso en el Mundo. Presenciamos
una ubicación, en la naturaleza, en la historia. De la geografía
habaremos más adelante. Hábilmente, la obra guia la percepción
- óptica y sensorial - y nos lleva simultáneamente por
un camino - conceptual e intelectual -. La claridad y la oscuridad fusionadas
según capas de pigmentos superpuestas propician, desde el orden
plástico y una luminosidad ambigüa, una meditación
sobre la existencia. Una atmósfera mágica y envolvente,
particularmente rica en ciertas obras ("Quihíca" o
"Testamento"), transmite la densidad del mundo que nos acosa.
El
artista sobreentiende que, coyunturalmente atrapados, necesitamos una
purificación, aire, plantas, fauna. Víctima de la era
finisecular, llega a enjaularse, bajando entonces el cromatismo hasta
tonalidades tenebrosas. Pero, en otra imagen, él consigue "regalar
una rosa" y embriagarse de naturaleza, escapando de la desesperanza
y volviendo a la serenidad. Nada está perdido definitivamente
cuando del corazón brota una flor, y que entonces una ventana
de luz proyecta el mediodía sobre la zonas nocturnales. Evidentemente,
signos y símbolos se funden, una suerte de paisajismo, a la vez
interior y exterior, universaliza las sensaciones individuales, al igual
que el autorretrato asciende a una connotación de humanidad.
En el artista -un rasgo frecuente en el escritor y el pintor, desde
el Romanticismo-, se cristaliza la totalidad de los seres vivientes.
Por
otre parte, no estarían equivocados quiene interpretarían,
an aquellos retratos, una imagen hagiográfico. Una sacralización
de la criatura interviene, derivada de la colocación espacial:
el centro y eventualmente un cuadro dentro del cuadro, gracias a un
contorno insistente, un marco delineado o un cambio tonal. El hombre
es aquí realidad y mito, ocupando el lugar principal en el universo.
Luego, se agrega la inserción de la mano, signo de advertencia,
"mano poderosa", o palma lesionada con un estigma. Lo que
nos retrotrae a una alusión religiosa y la noción de sacrificio.
Sin duda ese elemento amerita la mayor atención.
Decimos
que el autorretrato se universaliza y se superpone con la condición
humana. Ahora bien hay otra lectura más, y viene entonces la
referencia geográfica. Julio Valdez, "dominicano ausente"
según llaman a los ciudadanos dominicanos viviendo en el exterior,
quiere entrañablemente a su país, su isla, su archipi´´lago.
El pertenece a Quisqueya y al Caribe. La prueba es que él representa
al hombre-isla, que puede sustituir el autorretrato por un mapa -República
Dominicana y Haití, o la región del Caribe-. Son sus raíces,
allí moran sus sueños, él los funde en el titulo
de la exposición: "Raíz de Sueños". El
lagarto, reptil arquetípico y mascota, sobreviviente de la prehistoria
y uno de los signos favoritos, constela la pared…en la instalación
principal, de igual nombre que la exposición.
Julio
Valdez presenta obras sobre lienzo y sobre papel, donde no cabe disociar
la línea y el color que posee igual intensidad, casi igual tratamiento.
Difieren sobre todo los materiales y los soportes. No obstante, sin
descuidar la pintura, él aborda la categoría de la intalación,
que le permte expresarse tridimensionalmente. Trabaja entonces con materiales
pobres, rituales y simbólicos: tierra, velones, plancha de madera
recortadas. Utiliza el piso y la paredes. Modula forma y dimensiones
de acuerdo con el lugar.
Los
trazados de aquellos ambientes son portadores de filosofía. El
laberinto protege a la isla, dificultando que la agredan. El círculo
rodea al hombre-isla, al ancestro resucitado. Esos contornos se convierten
en mandalas, en figuras y expresiones de la armonía suprema.
Invitan a la contemplación, la reflexión, el recogimiento.
El elemento sacralizante se impone nuevamente. Julio Valdez no es un
artista geométrico ni constructivista. Geometrías y construcciones,
estructuras, polípticos y marcos interiores, constituyen elementos
básicos para contener los signos, realzarlos, aclarar o disimular
sus respectivas funciones. Pues, entre grafismos y motivos de lectura
inmediata, se encuentran otros, que preservan sus misterios… a
manera de la iconografía taína que todavía no ha
sido totalmente descifrada.
Julio
Valdez, artista en plena juventud y sorprendentemente maduro, va de
éxito en éxito, cosechando premios y distinciones, solicitado
por museos, galerías y colecciones prestigiosas. Mantiene el
mismo ardor al trabajo, la misma pasión de la búsqueda,
la misma conciencia profesional. Así lo afirmamos al iniciar
nuestra presentación. No se puede disociar la personalidad de
la obra. Hombre-isla, raíz de sueños, continúa
fiel a sus orígenes. El marco histórico del Museo de las
Casa Reales conviene a su exposición, una simbiosis de memoria
colectiva y contemporaneidad individual.
Marianne
de Tolentino
Presidenta de la Asociación Dominicana de Críticos de
Arte